lunes, 23 de julio de 2012

Un día de algún mes

No importa mucho saber como le conoció, porque sinceramente no le impresionó.

La había invitado a compartir una tarde juntos, y esa era la tercera vez que salían. Se habían conocido de una forma muy peculiar, y la primera vez que salieron como tal, tras algunos breves encuentros e intervenciones, no habían dejado de comunicarse por tantos medios de comunicación pudiesen.

Esa tarde lo había hecho esperar casi una hora, y el mundo parecía conspirar en su contra -su celular se había quedado sin servicio y no había podido expresarle que llegaría un poco tarde- pero él estaba ahí, cuando ella llegó, comía un helado de vainilla y se le veía divertido y un poco desesperado por la espera, traía una playera color morada, y se veía muy bien. El rostro de ambos se iluminó al observar al otro en ese lugar y caminaron juntos hacía el caos de la ciudad, para buscar algunas cosas que eran necesarias para él.

Siempre había un bonito pretexto para que ellos se encontraran, y ahora el hecho de acompañarle a elegir una computadora portátil, era lo que hacía que ese encuentro tomara forma, y tras algunos viajes y encuentros con el viento y algunos transportes públicos, encontraron aquél que los guiaría al comienzo real de esa aventura.

Parecía que no importaba mucho el motivo de estar ahí, miraron sin mirar y luego con esos ojos que tanto la desvanecían le preguntó si podrían comprar esos chocolates que tanto le gustaban a ella, pero no más que esos ojos, eso se los puedo asegurar.

Uno como observador de esa escena hubiera dicho que ambos estaban completamente enamorados, pero no era así, solo eran buenos amigos que sufrían por sus historias de amor y que sentían una fuerte atracción entre si, quizá eso era verdad. Había cierta química entre ambos que los sorprendía cada día más, él no imaginaba que esa chica le estuviera empezando a gustar y ella no comprendía porque sus mensajes le hacían tan feliz su día. Y no era cosa de comprender, si no de vivir.

Ella estaba de sorpresa en sorpresa, no había comprendido que quizá él fuera más tímido de lo que creía. Pero le encantaba estar con él, pese a algunas interrupciones que tenían.

- Hola, Mónica
- ¡Wow! Qué gusto verte después de tanto tiempo, Federico.

Esa mañana también había encontrado a alguien más, un viejo amigo que fue un poco impertinente, le sorprendía que hubiese cambiado sus bonitos ojos por unos pupilentes verdes, y le sorprendía aún más que el aspecto que desprendía parecía estar enfocado a...

- ¿Es tu novio? ¿Son novios?
- Ah - sonríe nerviosa- no, no, Federico ¿Cómo estás?
- Pensé que sí, como están juntos y...
- Para, ya - lo abraza- qué gusto encontrarte

Se quedó platicando con él un rato y vio preocupada desaparecer la silueta de aquél joven que la acompañaba

- Estás enamorada
- ¿Qué?
- Mírate, si quieres me puedo ir ya, porque se ve en tus ojos que deseas estar con él

Y tal vez era cierto, pero era necesario que alguien más se lo recordase, quizá ella ya había olvidado qué era sentir todo eso, después de encerrar su corazón con llave en alguna caja llena de polvo y poner encima de ella, otras cosas que parecían importantes. Ella no sabía nada más.

Platicó con Federico un rato más y tras enterarse de cosas que ocurrían en su vida, se despidió para dejarla ahí, pensando en todo y en nada. Pensando y viendo como la silueta de aquél joven que empezaba a querer, aparecía ahí, en su vida.

Siguieron así, juntos un rato más y pasearon mil veces más por toda la plaza, encontrándose y perdiéndose en sus pensamientos, compartiendo unas papas juntos, contándose historias que nadie más sabía, intimidándose con las miradas del otro, y sonriendo por sentirse plenos de estar ahí.

Tenían compromisos que debían cumplir, por lo que esa tarde llegaría a su fin. Ella trato de elegir una ruta que alargaría más el momento de despedida, porque no quería dejarle ir, porque se sentía cómoda a su lado, y mientras esperaban en la parada a por el transporte, él le susurró que la había pasado bien al estar con ella y en su rostro no pudo más que encenderse una sonrisa que le duraría quizá toda la semana, una sonrisa que llevaría escrita el nombre de él.

Ambos tomarían la ruta a sus respectivas casas en el centro, por lo que él decidió acompañarla hacía donde ella tomaría la ruta del adiós, pero ella no quería despedirse, no quería que se fuera de su lado, no comprendía cómo podía continuar sin él ese camino. Así que decidió dejar ir algo del tiempo y lo abrazo y él besó su frente, él hizo un comentario de lo fuerte que estaba el sol y cruzaron al frente de esa calle, a un local que estaba cerrado por ser domingo.

Ella para sentirse a la altura de él, se subió al escalón de ese lugar y se fundieron en un abrazo que sabía a temor, a gustos, a verano y a cariño. Pero no imaginaba que tras eso, encontrarían sus labios en un toque suave que los llevaría a fundirse en otros besos y en otras historias.

Ninguno de los dos podía explicar cómo pasó el primer roce, el roce suave de sus labios que deseaban unirse, tal vez fue un complot de ambos labios que anhelaban encontrarse desde hacía tiempo atrás, pero que no habían tenido la oportunidad, o quizá fue porque ambos querían ver nacer entre sus labios nuevas historias.

Ella inmediatamente enrojeció, a él le sorprendió verla así, anhelaba encontrarse con sus ojos cafés para perderse en esa mirada. Y tras eso, sus labios bailaron en constante danza de amor, cariño, fundidos en secretos y despedidas.

- Es de mala educación besar con los ojos abiertos
- Es que quería asegurarme que la ruta que lleva a mi casa, se hubiera ido por décima vez

Lo cierto era que quería que se fueran todas las rutas y dejaran de existir para que se quedara con él, para que siguieran bailando sus labios y contándose historias que jamás podrían contarse con palabras. Pero tenía que cerrar los ojos para disfrutar una vez más, del sabor de ese joven que desprendía tantas cosas inexplicables.

- Ya tienes que irte
- Y no quiero irme

Se despidieron con un beso más y ahora sí, tuvo que alejarse de él, estaba roja, él la observaba y tras muchos silencios y despedidas, se alejó de él. Ojalá pudiera verle de nuevo, ojalá se escribiera por completo esa historia que empezaba a nacer. Ojalá no hubiera sido el fin del inicio ese día, o qué sé yo. 

2 comentarios:

  1. El nacimiento de un amor que ya había fecundado con la semilla de la linda y respetuosa amistad

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